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UN ENCUENTRO CON JESÚS LO CAMBIÓ TODO

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Texto base: Juan 5:1-18

¿Cuánto tiempo llevas esperando una respuesta de Dios?, ¿Cuántos días, meses o años han pasado desde que comenzaste a pedirle por una situación que todavía no cambia?

A veces oramos durante unos días y, al no ver resultados, nos desanimamos. Nos quejamos, perdemos la paciencia y llegamos a pensar que Dios no nos escucha. Sin embargo, en el Evangelio de Juan encontramos la historia de un hombre que llevaba 38 años enfermo. Su historia nos invita a reflexionar sobre la espera, las cargas que aprendemos a llevar y la manera en que podemos dejar que Jesucristo transforme nuestra perspectiva.

38 años esperando: ¿y nosotros nos desesperamos en unos días?

Juan 5:5 dice: «Y había allí un hombre que hacía treinta y ocho años que estaba enfermo» (RVR1960).

Detengámonos a pensar en esa cifra. Treinta y ocho años viviendo con una enfermedad, enfrentando limitaciones y esperando una oportunidad para recuperar la salud. No sabemos cuántas veces aquel hombre intentó llegar al estanque ni cuántas decepciones experimentó. La Biblia no ofrece esos detalles. Lo que sí nos dice es que su enfermedad llevaba mucho tiempo.

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Ahora pensemos en nuestra propia vida. ¿Qué ocurre cuando oramos durante una semana y no recibimos la respuesta que esperamos?, ¿Cómo reaccionamos cuando pasan varios meses y seguimos enfrentando la misma dificultad? Algunas veces nos desesperamos, dejamos de orar con la misma confianza o comenzamos a cuestionar si vale la pena seguir esperando.

Queremos respuestas inmediatas. Pedimos por un empleo, por la restauración de nuestro hogar, por una deuda que nos agobia, por un familiar enfermo, por una oportunidad que no llega o por una situación que parece no tener salida. Y cuando las cosas no suceden en el tiempo que esperamos, sentimos que nuestra paciencia se agota.

La historia de Betesda nos confronta con esa actitud. Si aquel hombre llevaba 38 años enfermo, ¿por qué nosotros pensamos que todo debe resolverse en unos días?

Esto no significa que debamos medir el amor de Dios por el tiempo que tardamos en recibir una respuesta, ni que toda espera termine necesariamente en el milagro específico que pedimos. El relato nos invita a examinar nuestra impaciencia y a recordar que no podemos reducir la relación con Dios a una exigencia de resultados inmediatos.

La pregunta no es solamente cuánto tiempo llevamos esperando, sino también cómo estamos viviendo mientras esperamos.

Cuando nos acostumbramos al dolor y dejamos de mirar más allá del problema

Hay otro detalle de esta historia que merece nuestra atención. Cuando Jesús vio al hombre acostado y supo que llevaba mucho tiempo enfermo, le preguntó:

«¿Quieres ser sano?» (Juan 5:6, RVR1960).

Uno esperaría una respuesta directa: «Sí, Señor, quiero ser sano». Sin embargo, el hombre respondió explicando sus dificultades: no tenía quién lo metiera en el estanque cuando se agitaba el agua y, mientras intentaba llegar, otra persona se adelantaba.

Su respuesta no fue un sí o un no. El hombre describió los obstáculos que, desde su perspectiva, le impedían alcanzar la sanidad.

No podemos asegurar que hubiera perdido la esperanza, que se hubiera resignado por completo o que no quisiera sanar, porque el texto no lo dice expresamente. Pero sí podemos observar que, ante la pregunta de Jesús, su respuesta se concentró en lo que le impedía llegar al agua.

¿No nos sucede algo parecido?

Llevamos tanto tiempo enfrentando una dificultad que terminamos hablando de ella como si fuera toda nuestra vida. Nos acostumbramos a repetir que no podemos, que nadie nos ayuda, que las oportunidades siempre son para otros, que nuestra familia nunca cambiará o que la situación económica no tiene solución.

Hay personas que viven atrapadas en el recuerdo de una traición. Otras cargan durante años con resentimientos, conflictos familiares, culpa, miedo, frustración, deudas o heridas emocionales. Algunas han intentado salir adelante tantas veces que comienzan a creer que nada podrá cambiar.

El problema no es reconocer las dificultades. El hombre de Betesda tenía una enfermedad real y enfrentaba limitaciones concretas. El problema aparece cuando la dificultad ocupa toda nuestra atención y dejamos de considerar cualquier otra posibilidad.

Jesús le hizo una pregunta sobre su sanidad, pero el hombre respondió hablando de los obstáculos que encontraba en el estanque.

Esta escena nos invita a preguntarnos: cuando buscamos a Jesús, ¿nos disponemos a escuchar su Palabra o solamente repetimos las razones por las que creemos que no podemos avanzar?

La fe no consiste en negar el dolor, fingir que todo está bien o culparnos por nuestras dificultades. Consiste en acudir a Dios con nuestra realidad y mantenernos dispuestos a escuchar su dirección, sin permitir que el problema se convierta en la única explicación posible de nuestra vida.

El lecho que lo cargaba terminó siendo cargado por él

Entonces ocurre el momento decisivo de la historia.

Jesús le dijo al hombre:

«Levántate, toma tu lecho, y anda» (Juan 5:8, RVR1960).

El versículo siguiente cuenta que aquel hombre fue sanado, tomó su lecho y caminó.

Observemos el cambio. Durante años, el hombre había permanecido acostado sobre aquel lecho. Ahora, después de la intervención de Jesús, era él quien lo llevaba.

La Biblia no afirma que el lecho simbolice los problemas de la vida. Esa es una aplicación reflexiva que podemos extraer de la escena, siempre que no la confundamos con el significado textual del pasaje.

Y, desde esa perspectiva, la imagen es poderosa.

Pensemos en las cargas que muchas personas llevan durante años: una deuda que no las deja dormir, una separación que no han logrado procesar, el resentimiento contra alguien que las hirió, el temor al futuro, la culpa por errores del pasado, la angustia por un hijo, una adicción, un conflicto familiar o la sensación de haber fracasado.

Algunas de estas situaciones requieren decisiones concretas, acompañamiento profesional, atención médica, reconciliación cuando sea posible o ayuda de otras personas. No desaparecen necesariamente con una sola oración. Sin embargo, ninguna de ellas debe convertirse en una razón para alejarnos de Dios o renunciar a buscar una salida responsable.

El lecho puede representar, en nuestra reflexión, aquello que durante mucho tiempo nos ha mantenido detenidos. Aquello que parece tener más fuerza que nosotros y que termina condicionando nuestros pensamientos, nuestras decisiones y nuestra manera de relacionarnos con los demás.

La pregunta es: ¿seguiremos viviendo como si estuviéramos condenados a permanecer sobre ese lecho o permitiremos que la Palabra de Cristo oriente nuestros pasos?

El hombre no se limitó a escuchar una orden. El relato dice que se levantó, tomó su lecho y anduvo. En nuestra vida, escuchar la Palabra también debe llevarnos a examinar nuestras decisiones y a actuar con responsabilidad conforme a la orientación que encontramos en ella.

Cristo nos invita a dejar de vivir dominados por nuestras cargas

Jesús expresó una invitación que encontramos en Mateo 11:28-30:

«Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar» (Mateo 11:28, RVR1960).

Estas palabras muestran que Cristo invita a acercarse a él a quienes están cansados y agobiados. No les exige que primero resuelvan todas sus dificultades para después buscarlo. Los llama a venir a él con sus cargas.

Cuando decimos que Cristo quiere llevar nuestras cargas, debemos comprenderlo a la luz de su Palabra. No significa que todo problema desaparecerá de inmediato ni que nunca volveremos a sentir dolor. Significa que podemos acudir a él, aprender de su enseñanza y encontrar descanso en una relación con él, incluso en medio de circunstancias difíciles.

Primera de Pedro 5:7 también nos exhorta a echar sobre Dios toda nuestra ansiedad, porque él tiene cuidado de nosotros.

Entonces;

¿por qué seguimos cargando solos con aquello que podemos presentar delante de Dios?

¿Por qué permitimos que la culpa nos impida acercarnos a él?

¿Por qué seguimos alimentando un resentimiento que nos roba la tranquilidad?

¿Por qué insistimos en resolverlo todo con nuestras propias fuerzas, sin buscar orientación, apoyo o sabiduría?

A veces nos acostumbramos tanto al peso que terminamos creyendo que no podemos vivir sin él. Nos identificamos con la herida, con el fracaso, con la deuda o con el dolor. Pero nuestra historia no tiene que quedar definida únicamente por aquello que nos ha hecho sufrir.

Cristo no nos llama a fingir que no tenemos problemas. Nos invita a acercarnos a él, aprender de su Palabra y caminar bajo su dirección.

Hay cargas que debemos entregar en oración; otras requieren que reconozcamos nuestros errores, pidamos perdón, establezcamos límites saludables o tomemos decisiones que hemos aplazado durante mucho tiempo. Seguir a Cristo implica confiar en él y también estar dispuestos a vivir conforme a sus enseñanzas.

La diferencia está en que ya no tenemos que enfrentar nuestra vida como si estuviéramos solos y sin dirección.

Un encuentro con Jesús puede cambiarlo todo, incluso en el último momento

Y si todavía nos preguntamos cuánto puede cambiar una vida después de encontrarse con Jesús, miremos otra escena de la Biblia.

Jesús está crucificado. A su lado hay dos malhechores, uno a cada lado. Los tres están muriendo, pero sus respuestas ante Jesús son diferentes.

Uno de los malhechores se une a las burlas. El otro, en cambio, reconoce su propia culpa, admite que merece el castigo que está recibiendo y se dirige a Jesús con una petición que revela su confianza en él:

«Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino» (Lucas 23:42, RVR1960).

La respuesta de Jesús es extraordinaria:

«De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lucas 23:43, RVR1960).

Aquel hombre no tuvo años para demostrar un cambio de vida, reconstruir su pasado o realizar grandes obras. Estaba viviendo sus últimos momentos. Sin embargo, en medio de su agonía, reconoció a Jesús y se dirigió a él con fe.

La Biblia no presenta este episodio como una excusa para aplazar nuestras decisiones hasta el último día, sino como el relato de la gracia de Cristo hacia un hombre que, en sus horas finales, puso su confianza en él.

Pensemos en lo que esto significa. El paralítico de Betesda llevaba 38 años enfermo cuando se encontró con Jesús. El malhechor crucificado a su lado se encontró con él cuando su vida estaba llegando a su fin. Sus circunstancias eran completamente distintas, pero ambos relatos nos llevan a mirar a la persona de Jesucristo.

Uno se levantó, tomó su lecho y caminó. El otro no descendió de la cruz para comenzar una nueva vida terrenal, pero recibió de Jesús una promesa de vida eterna.

Dos historias, dos circunstancias y una misma verdad que nos invita a reflexionar: un encuentro con Jesús puede cambiarlo todo.

Quizá llevas años esperando una respuesta. Tal vez te has acostumbrado a vivir con una preocupación, una herida o una carga que parece inseparable de tu historia. No permitas que esa situación te impida acercarte a Cristo. Y si sientes que has cometido demasiados errores, recuerda que el relato del malhechor arrepentido también nos habla de la misericordia de Jesús.

No sabemos cuánto tiempo tenemos por delante, pero hoy podemos escuchar su Palabra, reconocer nuestra necesidad de Dios y responder a su llamado.

El paralítico de Betesda nos recuerda que 38 años de enfermedad no impidieron que Jesús interviniera en su historia. El malhechor arrepentido nos recuerda que ni siquiera las últimas horas de una vida están fuera del alcance de la gracia de Cristo.

Por eso, la pregunta final no es solamente cuánto tiempo llevas esperando, sino si estás dispuesto a acercarte a Jesús y confiar en él.

UN ENCUENTRO CON JESÚS LO CAMBIÓ TODO. Para aquel hombre junto al estanque, significó levantarse y caminar. Para el malhechor arrepentido, significó recibir la promesa de estar con Cristo en el paraíso. Y para nosotros, hoy, la invitación sigue siendo acercarnos a Jesús, escuchar su Palabra y poner nuestra vida en sus manos.

La Voz de Cristo de TV Golfo Urabá. La Palabra de Dios nos recuerda que nunca debemos subestimar lo que significa encontrarnos con Jesucristo.

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