«Cuando el cuerpo pide urgencia, pero el sistema responde con espera.»
Por: José Eliécer Palomino Rojas.
No fue un ruido externo el que interrumpió la clase, fue algo más íntimo, más silencioso y más brutal: el cuerpo.
Mientras explicaba a grado octavo, las ideas comenzaron a deshilacharse, como si alguien, desde dentro, tirara de los hilos del pensamiento. La claridad, esa aliada del maestro, se volvió espesa. El lenguaje tropezó antes que el pie derecho, que más tarde también fallaría.
No era solo mareo. Era la sensación de que el mundo giraba sin permiso, de que la cabeza era apretada por una fuerza invisible. Un zumbido en el oído derecho se instaló como testigo constante de algo que no sabía nombrar.
Intenté continuar. Porque uno continúa.
Porque enseñar también es resistir.
Pero el cuerpo no negocia.
Tragar saliva se volvió un acto consciente, casi violento. Como si el simple gesto de vivir necesitara esfuerzo. Presioné el pecho, buscando una puerta interna que no abría, y lo que apareció no fue alivio, sino flema. El aire tampoco fluía con libertad. Algo, en algún lugar, se oponía.
Caminé, o lo intenté. El pie derecho comenzó a traicionar la voluntad. Tropezar sin obstáculo visible es una forma de incertidumbre que no enseñan en ningún currículo.
Los educandos lo notaron primero: la palidez, la descomposición del gesto. Uno se acercó con una aromática caliente y una chocolatina, intentando sostener, desde su humanidad sencilla, lo que el cuerpo ya no podía. Una docente dio aviso al jefe inmediato, y la decisión fue inmediata: remitir a urgencias.
Un compañero me acompañó hasta el hospital del pueblo. Allí, tras la espera, apareció otra forma de vértigo: el administrativo.
La enfermera de turno, con la serenidad de quien aplica un protocolo, fue clara: esto no es TRIAGE de urgencia; debe solicitar cita prioritaria para que lo valore un médico general.
La urgencia, al parecer, también necesita turno.
No hubo rechazo explícito. Hubo procedimiento. Clasificación. Norma.
“No es triage”, dijeron.
Como si el cuerpo pudiera ajustarse a los horarios.
Como si el síntoma necesitara cita previa para ser legítimo.
Me enviaron a pedir una consulta prioritaria.
Prioritaria… pero no inmediata.
Importante… pero aplazable.
Y allí entendí algo que no estaba en los libros de cívica:
hay dolores que no encajan en los formatos,
y cuerpos que no logran traducirse en códigos administrativos.
El vértigo no solo era físico.
También era institucional.
Porque cuando el cuerpo grita y el sistema responde con fechas, lo que se pierde no es solo tiempo… es dignidad.
Y, sin embargo, esto no es nuevo.
Cada campaña promete lo mismo: atención oportuna, trato humano, salud digna. Palabras que suenan a alivio antes de las elecciones y a eco después de ellas.
¿Será que estamos ante la promesa de quienes aseguran transformar una salud indigna en una salud digna y merecida para los colombianos?
Sin embargo, entre propuestas y proyectos, la realidad parece avanzar en sentido contrario. La salud, lejos de fortalecerse, se percibe cada vez más incierta, más frágil, más colapsada.
Un ejemplo concreto se vive en una EPS en Rionegro, Antioquia, Colombia (SUMIMEDICAL, según se identifica en el lugar). Allí, lo que antes era un espacio visible de atención farmacéutica hoy ha sido desplazado.
Hoy, la farmacia fue reubicada en la parte alta, al fondo de un parqueadero. Un lugar donde el aire no circula, donde la espera se vuelve pesada, casi irrespirable.
Afiliados; docentes y sus familias hacen fila sin condiciones mínimas. Permanecen en un espacio cerrado mientras el tiempo se dilata y el cuerpo resiste. Y cuando finalmente llega el turno, la respuesta termina de romper cualquier expectativa:
señor usuario, este medicamento no lo tenemos… se agotó.
Lo que persiste es otra realidad:
la del ciudadano que, aun pagando mes a mes, por medio de descuento de nómina, debe rogar para ser atendido; la del cuerpo que se enferma mientras el sistema calcula; la del tiempo que, en salud, no es dinero… es vida.
Tal vez el problema no es solo de gestión, sino de visión.
Porque mientras la salud siga tratándose como un costo que se administra y no como un derecho que se garantiza, el paciente seguirá siendo más un usuario que una prioridad.
Hoy desde la evidencia:
hay una fractura entre lo que se promete y lo que se vive.
Y en esa grieta, entre el discurso político y la experiencia real,
no solo tambalea el cuerpo…
también tambalea la confianza.
